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Un día, me encontré con un ave volando en un lugar que él llamaba Tierra. Me decía que quería volar lejos de la atmósfera porque ahí encontraría otros paisajes que sólo en la noche podía admirar. Lo miraba volar, lo hacía de manera excelsa, después de un tiempo de verlo tratar salir de lo que parecía nuestro planeta le pregunté:
- ¿Cómo piensas volar más allá?
Y me dijo:
- Creo que cruzando límites, viviendo al máximo. Siendo más de lo que soy cada día.
Lo miré con delicadeza y tal ternura que voló hasta dónde yo estaba. Le dije:
- Hace tiempo, pensé que yo podría tener alas para volar como tu. ¿Y
sabes que encontré? Encontré que no tenía alas para ello. Entonces
cerré los ojos, y traté de fabricarme lo que me faltaba para volar,
unas hermosas alas. Cuando los abrí, miré hacia mi espalda y no había
plumas, ni algo parecido. Fue entonces cuando una lágrima derramándose
por mi mejilla cayó. Pensé que se evaporaría antes de tocar el suelo,
pero no. Esta lágrima huyó hasta llegar al cielo y voló. Desde que la
perdí he estado buscando esa lágrima y no la he encontrado. Desde que
te conocí pensé que serías la lágrima que perdí en el tránsito de
vivir. Hoy, trato de quitarte eso que sé que voló.
La ave me miraba moviendo la cabecita de un lado para otro, sin decir
nada. Seguro recordaba algo, y en mi silencio decidió hablar:
- ¿Quieres saber si he visto tu lágrima? ¿O quieres que te devuelva lo
que perdiste? ¿Realmente sabes valorar lo que se fue de tu vida?
- No. Ninguna de esas dos. Sólo quiero aprender a volar. Y sé que esa
lágrima sabe cómo, y quiero que me diga porque si era parte de mí pudo
y yo no.
- Yo ya te dije lo que pienso. ¿Qué tal si lo intentas?
- Realmente, supongo tienes razones para lo que dices. Y estoy segura
que funciona para ti, siempre y cuando no salgas de este planeta.
- ¿Cómo?
- Sí. Yo sé que intentas salir de la atmósfera para visitar otros
planetas, pero el mismo mundo no te deja. Yo sé que si se puede. Sé que
mi lágrima pudo. ¿Quieres saber cómo lo hizo?
- Sí, pero si lo hago, volvería a buscar algo que creí que ya había encontrado.
- ¿Pero ya pudiste salir de la atmósfera?
- No. Entonces, ¿Crees que la lágrima sabe el secreto?
- No lo sé. Tendría que buscarla cómo lo haces tú para darme cuenta de
que quizá sabe la respuesta, pero ¿y si no la tiene?
- Yo sé que voló. Tu la viste volar. Pero que si sabe concientemente la
respuesta, nadie lo puede saber a menos que la lágrima lo dijera.
- No. No quiero buscar otra vez, no quiero buscar lo mismo.
- Bien. Tienes razón. Tu estas más cerca, probablemente con el tiempo
puedas con tus alas romper la atmósfera y encontrar lo que está allá
afuera.
En eso, tomé mi libreta y caminé hacia otro lado. Mientras lo miraba
retomar su vuelo. Era hermoso, pero vivía dando vueltas en el circulo
de la vida. Algún día, seguro encontraría que no estaba en la vida, ni
en los límites lo que tanto buscaba, pero eso no me tocaría decírselo.
Sólo había dos formas en que lo entendería:
Uno, que el tiempo se parara. ¿Cómo podría lograr eso? Seguro se preguntaría. Pero si, encontrara a la lágrima seguro lo sabría.
Dos, que se encontrara con la muerte y le dijera que lo que creía vida
era un límite, y ese límite era la atmósfera que no cruzaría a menos
que tuviera la certeza de morir, sin morir.
Y en ese instante, quizá yo entendería que siempre había tenido alas atemporales que no había querido ver por miedo a volar.
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