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Un día para mí PDF Print E-mail
Written by Lina Ru   

Hoy fue un día muy raro para mí. Estoy en un estado de ningún lugar. Encontré a un hombre que me cautivo, me dejo con las palabras en el buró de los recuerdos y las noches en las valijas vacías. No te puedo describir lo que siento, no creí sentir eso, jamás. Siento en el pecho un sentimiento de plenitud, es como hacer alcanzado a las estrellas y regresar con un pedacito de ellas.

Aprendí que la plenitud existe al estar con una persona que te llena todos los sentidos y te pierdes en el tiempo como si quisieras que nunca fuera a avanzar. Me pregunto si ese estado se logra mantener en el tiempo, persistiendo y rompiendo las barreras del tiempo. Me pregunto si él vio las estrellas y sintió su alma en algún nirvana como lo sentí yo. Es curioso como la vida nos deja probar un poquito de la miel que hay en el amor de dos almas desnudas. Cuando la conjugación de sus palabras logran hacer más que un sincero «hasta luego».

Quizá, aprendí a no conformarme y luchar por aquel que me haga sentir algo parecido a ese día de otoño con lluvia suave cayendo sobre nuestras cabezas. Quizá, sí, quizá por él, ahora nada sea igual, nada se conforme, nada se incluya, nada se deje, nada se pierda, todo se tenga, todo se luche, todo se alcance, todo se convierta en luna y soledad para alcanzar la miel del alma llena de destellos astrales.

La luna no apareció, quizá la luminaria pública decía más que el cielo que miraba ansiosa de vernos despedirnos. Cuando caminábamos se perdía la noción de la existencia, llegando a dejar el cuerpo en algún otro lugar.

Ningún espectro de luz cayó, ni mucho menos un mensaje conmovedor del extranjero que lleve consigo delirios de satisfacción. Pero así, dentro de aquel día de triste amanecer, se representó una imagen eterna, un delirio inexplicable, una noche de soledad eterna hasta sentir otra vez esa conjugación, esa pasión envuelta de colores y dolida realidad.
Cuando estuve en la ciudad, perdí la noción de la misma, parecía no ser de ahí, de ningún lugar. Estaba lejos del cuerpo, estaba en una extensión de la esencia misma del ser, aquella que va más allá de un toque de origen natural.

¿Cómo explicar algo que parece no tener sentido racional? No puedo dormir, pienso en el no pensar, pienso en el no hablar, en el no tomar de rehén al pensamiento. Y aún así, dormí. Tomé el viaje de vuelta a la realidad, pero ahora lo veo con ojos de novata. Viajé y encontré el camino lleno de melancolía, no son de esos días de verde atardecer, sino un rojo perenne adormecer. Quizá algún día el día vuelva a salir y el verde se convierta en llovizna suave que me deje conceder un milagro a los invisibles soldados dentro de mí. Aquellos que se empeñan en convertirme en un destello de astro, en una estrella fugaz, en un pájaro en deriva, pero nunca el desecho enemigo. Trato de no llorar, no lloro, pero llueven mis lágrimas de nostalgia azulada y medias enardecidas. Se cristaliza en el suelo la astilla delicada sabor a agua dulce de la remembranza.

Entonces, recordando recuerdo, entendiendo entiendo, renaciendo nazco, encontrándote encuentro el camino de regreso a casa, esa casa distinta a lo que la dejé. Después de ese viaje astral, regreso a mí, sin mí. Ya no soy yo, todo es distinto, todo es un espectro de lo que se creyó realidad.
No era guapo, no era feo, era simplemente un latido esencia amareto cruel. No habían cuerpos, ese era el encantamiento fatal, el que nos envolvió en ese estado de estática. Los cuerpos se veían, pero al mismo tiempo se desaparecían. Quizá fue el tiempo, el momento, la luz de la luna, pero nunca se olvida que sin importar lo utópico de la realidad, me digo:

«Ahora, al ver la aurora,
todo parece normal.
¿Qué es normal?
No. Nada es normal ahora,
todo es delirio y soledad.
Rozar un alma, y perderlo
en el tiempo, espacio y olvido
es inverosímil.

Rozar un alma
te deja impregnado de ella,
y no te deja ir.
Se envuelve a la tuya,
con el paso del reloj testarudo,
nada más obstinado que yo,
en medio de la tempestad de paz.

El camino por donde ando es suave,
las nubes saben a manzana recién horneada
y la lluvia toca mi piel
con dulce vino blanco espumoso.
Se detiene el tiempo,
estado de nirvana.

Nada más testarudo que yo,
en medio de la tempestad.»

y comprendo, la realidad es mía, nadie más la puede manejar. Soy el dueño del tiempo en medio de la tempestad. ¿Dónde estas? Tempestad, si estas tú.