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Camino de los árboles PDF Print E-mail
Written by Lina Ru   

El camino se diluía en los transeúntes que situaban su caminar entre los árboles preñados de la sabiduría que pasaba por ahí. Las plantas suponían que el tiempo podía hacerlos más fuertes, pero basaban su inteligencia en la cantidad de hojas que pudieran mover al mismo tiempo. Si un hombre llegaba y rompía una de las ramas, todas llorarían por él, pero secretamente sentirían un alivio de tener menos hojas sobre las cuales estar preocupados.

De esa forma, las hojas comenzaron a entender que cada una afectaba una a la otra por sólo estar ahí y recibir parte del sol que les correspondía por su posición. Les encantaba cantar y hablar sobre el clima, pues es lo que podría afectarles más y a falta de algún ingrediente esencial morir olvidando lo que los rodeaba en ese instante.

Un día, una hoja se dio cuenta que no sólo estaba ella, sino también el árbol que la sostenía. Rápidamente armó un alboroto porque acababa de encontrar el secreto que la haría conocida por todos y para siempre. Su idea surgió con su preocupación de algún día morir. Realmente, las hojas se inquietan pocas veces, pero este camino de árboles era diferente porque podían abosorver lo que se cree sabio de los hombres.

Esa que descubrió que era parte de un árbol, consiguió lo que quería. Su nombre Lojita fue gritado hasta que desesperado una hoja se arrancó de su ramita para dejar de oír tales cosas absurdas. Todos veían de lejos, como caía esa hoja que no aguantaba tanto ruido y pensaron en voz alta:

—Es un héroe. Nos ha salvado.

Volvieron a callarse. Sólo el ruido del viento y los transeúntes que pocas veces pasaban, se oían por ahí. Nadie se había dado cuenta que el ruido que hacían para alabar a Lojita le hacía daño a todos, pero ahora, el alabado sería una hojita que ya no estaría entre ellos. Ahora, esa hoja sería un dios como lo hay entre los hombres que buscan entre la mitología una respuesta a su dolor.

Lojita no estaba feliz con lo sucedido. Ella moriría algún día y quería permanecer para siempre. Si el árbol lo hacía más que ella, debía haber alguna manera de hacerlo, pensó. Fue entonces, cuando empezó a ver como todos recordaban a la hojita desesperada. Le parecía inaudito. ¡Ella había encontrado lo mejor que se puede descubrir en las vida de las hojas!

—Soy parte del árbol y por lo tanto…Un momento.—pensó Lojita.—Soy… Eterna… Siempre y cuando el árbol siga vivo.

De seguro, cuando todos se enteraran esta vez comprenderían que era ella la que debían recordar. Pero, no sabía como decirle a los demás porque esta vez corría el riesgo de que alguien más tuviera una idea loca para quitarle lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir.

Entonces, con eso en la mente, decidió no decirlo a todos al mismo tiempo, sino sólo ir con las hojas más viejas. Ellas pronto caerían y dentro de su conocer sabrían que debería hacer. Fue entonces, cuando se acercó a ellos con una ráfaga de viento hurracanal que sintió como estaba a punto de caerse del lugar que la sujetaba. Sintió el frío recorrer cada cloroplasto de su organismo… Había entendido porqué debía morir. No dijo nada al estar tan cerca de ellos, estaba a punto de volverse una de ellos. Lo sabía aunque los demás no lo notaban porque se empezaría a poner amarilla con el tiempo, puesto no recibía la mitad de los nutrientes para seguir con vida.

Lojita, callada y pensando que moriría entendió que ese era el fin y que nació para morir.

—¡Qué lamentable que hasta ahora me de cuenta! Si lo hubiera entendido antes… ¡Cuántas cosas hubiera hecho en vez de pensar en mí!

Fue un momento extraño porque vio a un hombre caminar lentamente mirando a su alrededor. ¡Eso si era raro! Casi todos los humanos, como ellos mismos se hacen llamar, pasan distraidos de lo que les rodea. Sobre todo de las hojas que tienden a ser muchas y muy parecidas.

—¡Este hombre tiene algo especial!—Dijo Lojita en voz muy baja para que ninguna hoja se moviera para hacerle llamar la atención.—Voy a averiguar qué es.

Lo miró, como sólo las hojas saben mirar, de forma muy imponente y fija como si pudiera entrar dentro de sus pensamientos. En su interior sólo había un pensamiento:

—Dáme un poco de ti… ¡Déjame encontrar lo verdadero en ti! ¿Cómo podré encontrar lo realmente sabio?

Y el hombre, que era de los pocos hombres verdaderamente sabios se percató de que alguien estaba deseoso de entender el origen de la sabiduría. Entonces, el hombre encontró a Lojita que seguía con esos pensamientos fijos todo lo que tenía, pero con la poca fuerza de vida que le quedaba y le dijo sin necesidad de hablar:
—Soy el principio y el fin cuando vivo y muero.

El hombre siguió su camino. Pasó así el tiempo, que para las hojitas se mucho más lento que para el de los humanos. Mientras que Lojita seguía pensando en lo que le dijo el hombre, en silencio.

Su cuerpo cada vez era más débil. No le llegaba suficiente agua a sus celulitas. !Quién fuera a pensar qué aquella hojita tuviera en sus capacidades darse cuenta que no era ella tan importante como había creído!

Pero aún así, no se lamentaba, sino en su mente se preguntaba por qué había sido tan ciega en aquellos momentos insensatez. Y no porque ahora fuera muy sensata, pero al menos se detenía a pensar qué es lo que hacía y por qué dándole oportunidad de hacer las cosas de una mejor manera.

Su ser moriría muy pronto, y ni con toda la sabiduría reunída en las hojas por todos los hombres que habían pasado por ahí, entendía que verdaderamente era lo sabio y merecía ser llevado a la muerte.
Mientras tanto, Lojita pensaba en voz alta:
—Pues de que sirve llevarse conocimiento que no me servirá después, si ya no me interesa creerme más que los demás, puesto eres...

Se quedó callada. Ya no le quedaban fuerzas para seguir hablando, y ni para pensar. Su hora estaba acercandose y lo poco que pudo entender lo llevaría a la tumba, pues nadie podría ser ella otra vez.

Era considerada de los ancianos de las hojas y su palabra era respetada, pero no le interesaba más eso. A pesar, de que gran parte de su vida la dedicó a eso y por eso descubrió que las hojas eran parte del árbol y por lo tanto viven mucho más de lo que creían, pero seguía siendo lo mismo, una hojita que pronto moriría y otra vendría a tomar su lugar siendo jamás la misma.

Y entendió el significado de la sabiduría…

No dijo más. Su cuerpecito ya no tenía fuerzas y cayó de la ramita suavemente hasta tocar el piso. Era ella el principio y el fin. Ella volvía a ser parte del inicio, daría fuerzas al árbol que seguía de pie para que naciera otra como ella, pero distinta.

Como hombres, nunca entenderemos lo que significa ser una hojita puesto jamás hemos formado parte de un árbol, pero podemos observarlas con asombro. Puesto aquellas simpáticas hojas son parte del universo que nos conforma, el gran secreto que hasta ellas luchan por entender, la existencia.