|
El camino se diluía en los transeúntes que situaban su caminar entre los árboles preñados de la sabiduría que pasaba por ahí. Las plantas suponían que el tiempo podía hacerlos más fuertes, pero basaban su inteligencia en la cantidad de hojas que pudieran mover al mismo tiempo. Si un hombre llegaba y rompía una de las ramas, todas llorarían por él, pero secretamente sentirían un alivio de tener menos hojas sobre las cuales estar preocupados.
De esa forma, las hojas comenzaron a entender que cada una afectaba una a la otra por sólo estar ahí y recibir parte del sol que les correspondía por su posición. Les encantaba cantar y hablar sobre el clima, pues es lo que podría afectarles más y a falta de algún ingrediente esencial morir olvidando lo que los rodeaba en ese instante.
Un día, una hoja se dio cuenta que no sólo estaba ella, sino también el árbol que la sostenía. Rápidamente armó un alboroto porque acababa de encontrar el secreto que la haría conocida por todos y para siempre. Su idea surgió con su preocupación de algún día morir. Realmente, las hojas se inquietan pocas veces, pero este camino de árboles era diferente porque podían abosorver lo que se cree sabio de los hombres.
Esa que descubrió que era parte de un árbol, consiguió lo que quería.
Su nombre Lojita fue gritado hasta que desesperado una hoja se arrancó
de su ramita para dejar de oír tales cosas absurdas. Todos veían de
lejos, como caía esa hoja que no aguantaba tanto ruido y pensaron en
voz alta:
—Es un héroe. Nos ha salvado.
Volvieron a callarse. Sólo el ruido del viento y los transeúntes que
pocas veces pasaban, se oían por ahí. Nadie se había dado cuenta que el
ruido que hacían para alabar a Lojita le hacía daño a todos, pero
ahora, el alabado sería una hojita que ya no estaría entre ellos.
Ahora, esa hoja sería un dios como lo hay entre los hombres que buscan
entre la mitología una respuesta a su dolor.
Lojita no estaba feliz con lo sucedido. Ella moriría algún día y quería
permanecer para siempre. Si el árbol lo hacía más que ella, debía haber
alguna manera de hacerlo, pensó. Fue entonces, cuando empezó a ver como
todos recordaban a la hojita desesperada. Le parecía inaudito. ¡Ella
había encontrado lo mejor que se puede descubrir en las vida de las
hojas!
—Soy parte del árbol y por lo tanto…Un momento.—pensó Lojita.—Soy… Eterna… Siempre y cuando el árbol siga vivo.
De seguro, cuando todos se enteraran esta vez comprenderían que era
ella la que debían recordar. Pero, no sabía como decirle a los demás
porque esta vez corría el riesgo de que alguien más tuviera una idea
loca para quitarle lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir.
Entonces, con eso en la mente, decidió no decirlo a todos al mismo
tiempo, sino sólo ir con las hojas más viejas. Ellas pronto caerían y
dentro de su conocer sabrían que debería hacer. Fue entonces, cuando se
acercó a ellos con una ráfaga de viento hurracanal que sintió como
estaba a punto de caerse del lugar que la sujetaba. Sintió el frío
recorrer cada cloroplasto de su organismo… Había entendido porqué debía
morir. No dijo nada al estar tan cerca de ellos, estaba a punto de
volverse una de ellos. Lo sabía aunque los demás no lo notaban porque
se empezaría a poner amarilla con el tiempo, puesto no recibía la mitad
de los nutrientes para seguir con vida.
Lojita, callada y pensando que moriría entendió que ese era el fin y que nació para morir.
—¡Qué lamentable que hasta ahora me de cuenta! Si lo hubiera entendido
antes… ¡Cuántas cosas hubiera hecho en vez de pensar en mí!
Fue un momento extraño porque vio a un hombre caminar lentamente
mirando a su alrededor. ¡Eso si era raro! Casi todos los humanos, como
ellos mismos se hacen llamar, pasan distraidos de lo que les rodea.
Sobre todo de las hojas que tienden a ser muchas y muy parecidas.
—¡Este hombre tiene algo especial!—Dijo Lojita en voz muy baja para que
ninguna hoja se moviera para hacerle llamar la atención.—Voy a
averiguar qué es.
Lo miró, como sólo las hojas saben mirar, de forma muy imponente y fija
como si pudiera entrar dentro de sus pensamientos. En su interior sólo
había un pensamiento:
—Dáme un poco de ti… ¡Déjame encontrar lo verdadero en ti! ¿Cómo podré encontrar lo realmente sabio?
Y el hombre, que era de los pocos hombres verdaderamente sabios se
percató de que alguien estaba deseoso de entender el origen de la
sabiduría. Entonces, el hombre encontró a Lojita que seguía con esos
pensamientos fijos todo lo que tenía, pero con la poca fuerza de vida
que le quedaba y le dijo sin necesidad de hablar:
—Soy el principio y el fin cuando vivo y muero.
El hombre siguió su camino. Pasó así el tiempo, que para las hojitas se
mucho más lento que para el de los humanos. Mientras que Lojita seguía
pensando en lo que le dijo el hombre, en silencio.
Su cuerpo cada vez era más débil. No le llegaba suficiente agua a sus
celulitas. !Quién fuera a pensar qué aquella hojita tuviera en sus
capacidades darse cuenta que no era ella tan importante como había
creído!
Pero aún así, no se lamentaba, sino en su mente se preguntaba por qué
había sido tan ciega en aquellos momentos insensatez. Y no porque ahora
fuera muy sensata, pero al menos se detenía a pensar qué es lo que
hacía y por qué dándole oportunidad de hacer las cosas de una mejor
manera.
Su ser moriría muy pronto, y ni con toda la sabiduría reunída en las
hojas por todos los hombres que habían pasado por ahí, entendía que
verdaderamente era lo sabio y merecía ser llevado a la muerte.
Mientras tanto, Lojita pensaba en voz alta:
—Pues de que sirve llevarse conocimiento que no me servirá después, si
ya no me interesa creerme más que los demás, puesto eres...
Se quedó callada. Ya no le quedaban fuerzas para seguir hablando, y ni
para pensar. Su hora estaba acercandose y lo poco que pudo entender lo
llevaría a la tumba, pues nadie podría ser ella otra vez.
Era considerada de los ancianos de las hojas y su palabra era
respetada, pero no le interesaba más eso. A pesar, de que gran parte de
su vida la dedicó a eso y por eso descubrió que las hojas eran parte
del árbol y por lo tanto viven mucho más de lo que creían, pero seguía
siendo lo mismo, una hojita que pronto moriría y otra vendría a tomar
su lugar siendo jamás la misma.
Y entendió el significado de la sabiduría…
No dijo más. Su cuerpecito ya no tenía fuerzas y cayó de la ramita
suavemente hasta tocar el piso. Era ella el principio y el fin. Ella
volvía a ser parte del inicio, daría fuerzas al árbol que seguía de pie
para que naciera otra como ella, pero distinta.
Como hombres, nunca entenderemos lo que significa ser una hojita puesto
jamás hemos formado parte de un árbol, pero podemos observarlas con
asombro. Puesto aquellas simpáticas hojas son parte del universo que
nos conforma, el gran secreto que hasta ellas luchan por entender, la
existencia.
|